La sala sin pared de Fuentidueña

(Basado libremente en una idea original de Alfonso Rebollo, a quien va dedicado este cuento)

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l pasar por el hueco donde estuvo la pared de la sala principal de su casa de Fuentidueña, Alfonso y Elisa experimentaron una punzada de euforia, una ligera ebriedad causada por esa ausencia, ese presente no ser de la pared que era, a todas luces, una liberación, no solo para la vista, sino para los muebles de la sala apresados, en su estar, en un único ángulo de visión. Curiosamente, esa limitación pasó desapercibida hasta que, un día, por azar, Alfonso y Elisa dirigieron su mirada a los cuadros que colgaban de la pared de la sala principal (ahora ya, la sala sin pared) y pudieron ver a través de ellos, más allá de ellos; vieron, incluso, el otro lado de la pared de la sala sin pared y, aun más, se vieron a sí mismos al otro lado, atravesando con su mirada la pared de la sala sin pared y, detrás de ellos, un rayo de luz avanzando, débil e inútil, hacia la sala y que quedaba, desmayado, a los pies de la pared de la sala sin pared de Fuentidueña.

__Esto es una limitación sin sentido, dijo Alfonso, cabeceando preocupado.
__¡Esto es una inmoralidad!, dijo Elisa, indignada.

Alfonso y Elisa convinieron en que la limitación de la luz y del espacio era una atrocidad estética y convivir con esa limitación, sin otra razón que la costumbre impuesta por un convencionalismo social, a todas luces, era una inmoralidad obstructora del progreso. Y, guiados por esa convicción que hace de la acción necesidad, echaron abajo la pared de la sala sin pared. Pudo, entonces, la luz expandirse en volutas perezosas a través del espacio y pudieron los dueños de la casa admirar la sala y sus elementos desde ángulos hasta entonces invisibles. Este aumento en espacio, luz, y ángulos de visión produjo en Alfonso y Elisa una vivísima sensación de libertad y, dado que la libertad solo se disfruta ejerciéndola, cambiaron de sitio los objetos hasta que un nuevo orden —es decir, una nueva armonía estética— emergió en la sala sin pared de Fuentidueña. Los dueños de la casa contemplaron con gran placer su obra:

__Esto es el progreso, dijo Alfonso besando a Elisa.
__¡Esto es la hostia!, dijo Elisa respondiendo efusivamente al beso.

A pesar de su alegría, no se dejaron llevar por vanas ilusiones; tras el cambio la sala seguía siendo la misma y ellos también; si acaso, los nuevos ángulos de libertad adquiridos invitaban a la reflexión pausada porque (atreviéndonos a adivinar el pensamiento de Alfonso y Elisa) quien no reflexiona no es responsable de su libertad y, en ese caso, de nada sirve tirar paredes abajo. Esa reflexión, además, arrojaba una luz inquietante sobre los determinantes del progreso —no sólo eso, sino sobre su percepción de lo que constituía progreso— y la capacidad humana —en este caso, la suya— para percibir su dimensión moral; porque, vamos a ver, si lo bueno y bello es inmediatamente identificable, y el progreso consiste en mejorar la condición humana, y esta mejora se sustancia —como es autoevidente— en hacer, en número creciente, cosas buenas y bellas ¿cómo pudo ser que sólo por azar se hubieran dado cuenta de que la pared de la sala sin pared era una atrocidad, una excrecencia de ladrillo, en fin, una mierda? Aún así, miraban la sala sin pared maravillados y disfrutaban como dos adolescentes al atravesar el espacio donde estuvo la pared de la sala sin pared.

Todo tiene su lógica; Alfonso y Elisa seguramente dirían que todo tiene su dialéctica (hegueliana): también la sala sin pared y sus elementos, incluyendo la pared ausente. Echar abajo la pared de la sala sin pared había puesto en marcha un mecanismo inexorable, era el comienzo de una cadena de posible sucesos cuyas consecuencias, incluso las morales, eran, hasta cierto punto, imprevisibles. Alfonso y Elisa se miraron, y sin decir nada, supieron que un mismo pensamiento cruzó su mente:

__¿Cuál será el próximo cambio de la sala sin pared?

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