Cuervo y la máquina tragaperras

(Aventura apócrifa del Cuervo de Ted Hughes)

 

Letra U

 

 

 

 

 

n día Cuervo vio por primera vez en su vida una máquina tragaperras. Atraído por sus luces multicolores, pulsó una tecla y la máquina vomitó una montaña de monedas de oro. “¡Vaya, qué suerte!”, graznó. Inmediatamente pulsó otra tecla y la máquina volvió a escupir otro aluvión de monedas. Cuervo pulso otras cien, mil, un millón de veces las teclas —o lo que a Cuervo le pareció un tiempo deliciosamente infinito— y otras tantas montañas de dinero arrojó la máquina. Entonces concluyó muy contento: “Me lo merezco”. Insistió una vez más, pero la máquina solo cambió de color. Cuervo se sobresaltó. “He hecho algo mal”. Volvió a pulsar otra tecla. La máquina seguía sin lanzar ni una moneda. “Debe haber algún motivo que desconozco”. Revoloteó a su alrededor para ver si la máquina había lanzado las monedas en otra dirección, pero no vio nada. Después de pensar mucho, decidió que era una forma de castigo. Había sido demasiado avaricioso. Intentó seguir su vida como si la máquina tragaperras no existiera pero, cada día, mientras recontaba las monedas que había ganado, le reconcomía la duda. “¿No obtendré más respuesta?” Cuervo se sentía mal, “como si me hubieran expulsado de un paraíso”, se lamentaba. El silencio de la máquina le pesaba como una losa y hasta le parecía que buscarse el sustento diario le costaba más que antes.

Cuervo comenzó a hablar con la máquina. Le pedía dinero. De vez en cuando pulsaba una tecla. Nada. Al no saber con qué nombre invocarla y negarse ésta a responder, Cuervo dedujo que no debía saber su nombre y se refería a ella como Elquees. Decidió que era mejor pedirle dinero sólo un día a la semana, al que llamó Pedir. También pensó que quizás el obstinado silencio de Elquees se debía a que ésta desaprobaba algo de su comportamiento. Una contemplación cuidadosa le convenció de que, cuando se le iluminaba la luz verde, Elquees estaba contenta de verle, mientras que un destello de la luz roja era señal de que le disgustaba su conducta. Reflexionó sobre ello largamente y escribió un decálogo de aplicación a su vida diaria, al que llamó Laley. Confiaba en que, si cumplía Laley con la necesaria diligencia, Elquees volvería a mostrarle su favor concediéndole una nueva montaña de monedas.

Cuervo se sentía muy orgulloso de sí mismo y de su conocimiento o, como él lo llamaba, Larevelación. Tan contento estaba que se animó a escribir su historia y entonces se le ocurrió una idea fantástica: Tenía que comunicárselo al resto de los animales. Al primero al que le dio la buena nueva fue a un periquito que se había escapado de su jaula y vagaba sin rumbo. La charla de Cuervo le aturdía pero las luces de la máquina tragaperras le resultaban atrayentes. Dijo: “¡Dame un besito Currrito bonito!”, que es lo que le decía su dueña cuando estaba contenta, al tiempo que pulsaba una tecla de la máquina. Acto seguido la máquina arrojó la montaña de dinero más grande que Cuervo había visto hasta la fecha. Se quedó sin aliento. A su entender, o el periquito conocía el verdadero nombre de Elquees y ésta le había mostrado el favor que le negaba a Cuervo—en cuyo caso debía redoblar sus esfuerzos para hacerse merecedor de la gracia de Elquees—, o Elquees concedía sus dones al azar. La primera posibilidad significaba perder toda esperanza de volver a su paraíso soñado y la segunda que todo era fruto de su imaginación. No podía ser. Entonces se le ocurrió una tercera posibilidad. El periquito era un embaucador enviado por Elquees para probar la fortaleza de su fe al hacerle dudar de Larevelación  y, de paso, robarle su dinero. Así que ni corto ni perezoso le lanzó un picotazo con tanta fuerza que le partió el cráneo. Al comprobar que el periquito estaba muerto, Cuervo comprendió que había superado con éxito su primera prueba y el montón de dinero que le robó al periquito era la recompensa merecida por su fidelidad a Elquees.

Tras la prueba del periquito, Cuervo se encontró con un águila a la que, diligentemente, le contó Larevelación. El águila miró a Cuervo con altivez y a la máquina con recelo. Le lanzó a esta última un picotazo porque le inquietaban las luces y la máquina, casi con desmayo, fue arrojando su caudal de monedas. Cuervo miró el montón de dinero con avaricia y al águila con terror. Evaluó rápidamente la situación. Por su tamaño y su fuerza, el águila no podía ser otra cosa que la enviada de Elquees. Cuervo inclinó la cabeza en señal de respeto y le mostró la fortuna que tenía guardada. El águila le miró desdeñosamente y con un soberbio aletazo le empujó a un lado. El águila le dejó sin una sola moneda. Cuervo dio gracias a Elquees. Había aprendido la lección.

Desde entonces Cuervo se dedicó a predicar la buena nueva entre los animales más pequeños que él. Aunque la máquina tragaperras nunca más volvió a dar dinero, a Cuervo no le importó. Un uso inteligente de picotazos y amenazas hizo que los animales convertidos al credo de Elquees le proveyeran de todo lo que pudiera desear. Y así Cuervo fue creciendo en sabiduría y riqueza.

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