Postales florentinas (I)

Crónica aparecida el día 28 de febrero del 2013 en la versión anterior de este blog.

Primer día en Florencia. Mis maletas se han quedado en Barcelona. Una larga y común historia en nuestro viejo país ineficiente. He montado en cólera, por supuesto. (Esa expresión me hace gracia. ¿Hay alguna otra emoción que se monte?) El taxista me hablaba de la ingovernabilità, la Europa del Sur, mientras yo empezaba a desmontarme de la cólera contemplando la severa elegancia de Firenze. He aprendido a decir cuattordeci. Mi primera incursión en el vecindario. Me he dado de bruces con el Duomo.

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Y me he ido a ver el Palazzo Vecchio.
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Por el camino, antes de llegar al Duomo, multitud de pequeñas tienditas que, imagino, subsisten gracias al turismo. Y me ha entrado nostalgia de una ciudad antigua, de pequeñas tiendas donde se conoce al vecino, a cada uno de los comerciantes, donde hay una distribución uniforme de establecimientos. Un amante de las grandes superficies diría que es un sistema lento y caro. A lo que se podría aducir que se paga por el trato personalizado. O que se ahorra energía y se contamina menos. O que simplemente es más humano.

Espero tener aquí mis maletas mañana. Cruzo los dedos.

Mis maletas llegaron sin problema al día siguiente, pero esa noche tuve que comprar un albornoz, y unos cables para el ordenador y el móvil (el cepillo de dientes viajaba conmigo; omito otros detalles de mi equipaje de mano). La primera compra se debe a que, en Florencia, en marzo, hace un frío húmedo molestísimo y no es plan desayunar en cueros. La segunda compra es específica de las necesidades de nuestro tiempo. He seguido dándole vueltas al asunto de establecimientos pequeños o grandes superficies.

A los pocos días de mi llegada a Florencia fui a comer con otro profesor del Instituto Universitario Europeo. El IUE está en el barrio de Le Cure, al norte del centro histórico, a unos 15 minutos andando, pasado el Piazzale Donatello, donde se encuentra el interesante Cementerio de los Ingleses. Le Cure es un barrio residencial de clase media. Las fachadas guardan esa elegancia de líneas que parece marcada genéticamente en la arquitectura florentina. Los cipreses y pinos están armoniosamente dispuestos festoneando las aceras de las vías más anchas. El profesor (voy a llamarle Tornasol) y yo fuimos a comer a un pequeño bar que servía pasta fresca. Aquel bar era un local de 9 metros cuadrados con suelo de terrazo, unas cuantas mesas sin barnizar y paredes desnudas solamente adornadas por una pizarra donde se anunciaban los platos del día, que eran spaghetti con salsa puttanesca, pesto, y funghi porcini, a elegir.(*) Vino de la casa. Punto. El profesor Tornasol casi daba palmas de entusiasmo. Creo que, antes de proseguir, debo decir que el profesor Tornasol es estadounidense. Debe tener unos 56 años y era profesor visitante del IUE desde el año anterior. Lleva un pendiente en una oreja y luce músculos de devoto de gimnasio. Estaba enamorado de la vida florentina y lamentaba tener que volver a su prestigiosa universidad americana (PUA) situada en el equivalente de Albacete (con la mitad de población y sin la revista Barcarola). Tornasol estaba fascinado con los pequeños comercios, la fácil familiaridad italiana y con que no le plantaran la cuenta bajo las narices a la media hora de haber entrado en un restaurante, medida sutil que es común en los bares y restaurantes de USA. Por todo eso estaba dispuesto a pagar un apreciable sobreprecio por un simple plato de spaghetti al pesto.

Se acercó un camarero, que imagino que también sería el cocinero ya que llevaba delantal, gorro y trazas de harina en las manos y nos dijo “Non non c’è nessun funghi porcini”. El profesor Tornasol, creyendo que le había deseado los buenos días alegremente empezó a decir algo que no pude entender bien, pero que creo que era “buenos días, ¿qué tiene?” en algo que podía ser italiano; el cocinero le miró sin entender. Yo dije en castellano “¿Qué nos sugiere, pesto o puttanesca?” “Puttanesca, il pesto che rimane non è buono”, creo que dijo. Y yo contesté “Pues puttanesca”. Tornasol nos miraba encantado. Dedujo que yo sabía italiano y le saqué de su error. Casi llega al éxtasis al constatar que el camarero y yo podíamos entendernos. Mientras dábamos cuenta de la comida Tornasol me contó que cada día iba al mercado a comprar pasta y verdura fresca para preparar la cena; claro, le llevaba tiempo porque, como es sabido, preparar unos spaghetti al dente es una operación de cirugía fina. No, la pasta no se puede comprar en un supermercado porque la mejor, la hecha a mano, la que hay que vigilar con gesto de veneración mientras que el agua hace chup chup, la que, al morderla, llena la cavidad bucal de multiples matices, desde el perfume aterciopelado de trigo fresco a un retrogusto a berzas, ésa no entra en los canales de distribución de las grandes superficies. Es obvio y absolutamente evidente que los productos que se comercializan en las grandes superficies son de peor calidad. Las causas de ese misterio, de ese fallo de mercado, no me las pudo explicar el profesor Tornasol.(**) Tras comer la pasta fuimos a una pastelería cercana a tomarnos un café. Durante nuestro recorrido vimos papelerías, tiendas de ropa, una imprenta, una tienda de marcos de cuadros, y varias de antigüedades. Tornasol seguía entusiasmado mostrándome los escaparates de las tiendas florentinas. “Pero, ¿no dice la Teoría Económica que esta organización del comercio minorista es ineficiente? ¿No pagamos precios excesivamente caros?” pregunté. “Por supuesto. Esta organización sólo se mantiene por la regulación del gobierno que impide crear grandes superficies comerciales”, me dijo mientras seguía mostrándome su fascinación ante cada nuevo escaparate. ¿Y qué pasaría si se permitiera establecer grandes superficies?”, pregunté. “Estas tiendas desaparecerían y los florentinos pagarían unos precios más bajos y ganarían en productividad”, dijo Tornasol sin dudarlo. “…Y los italianos podrán tener su Mall of America con su Snoopy gigante, ¿no?”, dije melancólicamente. “Si, horrible”, dijo Tornasol. Y volvimos al trabajo.

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(*) La afición que tienen en Italia por el suelo de terrazo es enorme. Ese suelo, que en España está desterrado a los bares de carretera y las casas de ancianos en barrios obreros, en el norte de Italia está en todos lados. Es algo tan consustancial a su ser como el capuccino o la pasta, como el arco de medio punto o la mamma. He consultado Internet y, claro, el terrazo se inventó en el siglo XV en Venecia.
(**) No voy a hacer sangre con el profesor Tornasol. Mi amigo Alfonso Rebollo, profesor de Distribución Comercial de la UAM (ahora retirado) tampoco sabe darme la razón por la que, según él, el mejor mazapán toledano no se distribuye en Madrid, capital del Reino.

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