La creación de Adán

La creación

Cuando contemplo
ese dedo que Dios alarga
hacia el indolente Adán, me pregunto
qué cualidad
en ese instante exacto le transfiere.

No pudo ser la Modestia por razones obvias.

Podemos desechar la Honestidad:
¿acaso no cubrió de bendiciones
a un mentiroso y estafador como Jacob?

Descarto la Compasión sin dudarlo:
no la mostró durante el Diluvio Universal
o los cuarenta años que dejó
a Su pueblo vagar por el desierto.

Tampoco es Su fuerte la Justicia,
como podrían corroborar Job
y todos los primogénitos de Egipto.

Diría sin temor a equivocarme
que desconoce la Templanza,
a menos que sea la de la espada.

Cuando recuerdo a la mujer de Lot
a la que, por mirar atrás, convirtió en estatua,
o pienso en la angustia de Abraham
mientras ataba a Isaac y sacaba el cuchillo,
tampoco creo que tuviera
la Prudencia o sensatez que se pide
a todo buen gobernante.

Acerca de Su Fortaleza, nada
consta en los anales, libros canónicos
o apócrifos.

No dudo de que el Amor sea
el origen de Sus actos;
hasta los peores criminales de la Historia
han amado alguna vez a alguien.

Se podría objetar, muy sensatamente,
que fue al revés:
Adán, por oscuras razones o puro aburrimiento,
creó a Dios:
es decir, imaginó que Dios le había creado.

Véase que esto no cambia la cuestión en absoluto.

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