Huída

I

Se abrió la puerta oscura

y entró

empuñando la espada de la noche,

cortó los lazos,

abrió las fauces de los vientos

y derramó su aliento de cristales.

 

Cayeron

las paredes de mi casa, en silencio,

que ya nada me quedaba, en silencio,

cuando nadie me

veía,

en silencio crucé la puerta oscura

y me perdí en la noche.

 

II

Las copas de los árboles

se agrupan, tiemblan

como si un aire

frío su savia atravesara,

como si alguien ordenara

“apretaos, manojo de fibras vegetales,

apretaos, a la espera de las hoces”.

 

Tiemblan sin levantar un eco, tiemblan,

mientras pasa la sombra fugitiva.

 

III

Está en calma el agua en las acequias,

la hierba, laxa, como

el lomo confiado de los bueyes.

No se mueven los astros en lo alto

ni quiere huir la sombra fugitiva.

Al raso esperan

que llegue el aire frío.

Al raso, su cuidado

entre cristales olvidado.

 

IV

La costra de mi cuerpo vaga

por el páramo sin

que haya saledizo que me ampare.

Solo la puerta oscura se me abre

y me recibe con su eco

sombrío de palabras.

 

Caen las palabras,

como un martillo

pilón sobre mis huesos caen

mientras la luz de la ira me adormece

en parte donde nadie se aparece.

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