La visita

Ese día, A. volvió más tarde de lo habitual a casa. Nada más entrar comprendió que algo había sucedido durante su ausencia. La certeza que tenía no se debía a la pluma de pavo real que yacía sobre el suelo del salón junto a una mancha seca de lapislázuli. Tampoco a la sombra del gallo que se movía de una pared a otra arrastrando una astilla de madera. Se debía, más bien, al charco de agua que encontró en la entrada y al eco de conversación de delfines que hacía volutas caprichosas alrededor de la lámpara del salón. Tres delfines habían estado en casa y comido algo mientras la esperaban. La sombra del gallo se inclinó con A. a inspeccionar las latas abiertas en el cubo de basura. Eran de calamar en su tinta. Dio una vuelta por la casa locamente esperanzada en encontrar a un delfín en su cama, admirando una de sus acuarelas o leyendo un libro de Kafka. La pluma la seguía de estancia en estancia mientras se transformaba en un ramillete de ojos azules. Todo estaba en orden, comprobó con desilusión, salvo una ventana que ahora estaba abierta. Se asomó y la única farola encendida de la calle parpadeó levemente haciendo vibrar las aguas del lago. Abrió algo más la ventana y la pluma-ramillete y la sombra del gallo salieron flotando y se adentraron en el bosquecillo que esperaba tras la casa de A. Los árboles se agitaron y la pluma y la sombra del gallo ascendieron rápidamente, perdiéndose entre las nubes iluminadas por el sol. A. suspiró y cerró la ventana.

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