Pasacalles

Caja de resonancia el patio,

las ventanas abiertas

y el aire que sube y baja a la redonda

o se mece, leve y denso,

horizontal sobre la fuente,

y una voz dice

“recuerda la jaula del pájaro vacía,

las piezas de ajedrez

perdidas en el jardín”,

y la sombra del limonero

en la frente recuerda

cardo, lirio,

ala enterrada o balcón de niebla,

y la otra voz pregunta

“¿dónde está lo que no está?”

y, riendo, responde la primera

“ya llegan los cuerpos y la sombra

portando sus pancartas,

rodando sobre la hierba azul”,

y se escucha el lamento de la trompa,

el lamento de la ninfa,

y todo llega

con su eco de fanfarria,

la sombra del bufón en la ventana,

el pájaro negro con su silbo,

el dodo caminando y corriendo el avestruz,

el cochecito y su rumor,

los flamencos paseando calle abajo,

la pluma y el diapasón,

las manos de sarmiento venenoso,

el cuco sin su reloj,

el ciervo que no huye y camina mansamente,

y se escucha, finalmente se escucha

“abran paso a la sombra con su manto,

abran paso a las espitas del llanto”

y entra la sombra y su comparsa,

y no se van ni vuelven ni ya están,

y ríen las voces con su trémolo enlazado,

lanzan su risa al no-tiempo no espacio,

herida espiral atravesada

por todo aquello que alguna vez ha sido.

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