Silbo del adiós

    Adiós, adiós, con la pluma y el diapasón.     Adiós a la niña eterna, la que nunca abre la puerta.     Adiós a su muslo intacto por las praderas del llanto.     Bienvenida al frio, y los ahogados al río.

Huída

I Se abrió la puerta oscura y entró empuñando la espada de la noche, cortó los lazos, abrió las fauces de los vientos y derramó su aliento de cristales.   Cayeron las paredes de mi casa, en silencio, que ya nada me quedaba, en silencio, cuando nadie me veía, en silencio crucé la puerta oscura…

Vencejos

      Hace el vencejo un arco y llega otro y se trenzan, trazan ángulos de luz, juntan los picos, levantan con ellos algo no visible, y, al levantarlo, la garganta vibra   y respira   soportablemente por un rato.    

Poemas para un cuerpo (II)

             Desde aquella terraza temblorosa,            el torpe recorrido hasta la cama,            el aguijón del frío confundido            con sus dientes mordiendo            ligeramente mis pezones.   Podría (aún podría) nombrar uno a uno los músculos del cuerpo, el ángulo del muslo, el cuello desmayado, el vientre expectante. También la calma de la…

Poemas para un cuerpo (I)

  Lo que queda es la llaga en forma de sonrisa, el hueco entre los hombros, la sombra de los senos, el gesto de dejarse caer sobre la silla, un pedazo de carne macerada por los años que tiembla que tiembla de soledad y hambre.   Di, cuerpo, ¿desde cuándo eres esta masa palpitante?

Completas

No, no parece vivo lo que duerme sino libre, ajeno de sí, no en cárcel sino en alta higuera aleteando o entre varas de celindos,   sombra entre la sombra, libre en la soledad sin signos,   vibración de alas que nada inquieta.    

Vísperas

El temblor del aire enrojecido, el silencio del mirlo, las sombras que se agitan en el muro anuncian la tiniebla, el desgarro del sentido, lo vano del movimiento.   Y llega la quietud sobre las cosas, el cuerpo abandonado, y el escorzo de la mano dice: “Soy tuya, sombra mía”.